Que el cuerpo es una obra de arte, que en lo imperfecto esta la perfección. No voy a hablar en tono solemne, ni a media voz, hablo como habla la gente en la calle cuando sale a comprar leche en polvo o una cerveza. Regreso, aquí, a las letras, tal vez a mitad de un cuento a media voz, con tono solemne, y me quedo sin hambre, sin cerveza ni leche en polvo, queriendo que el niño en mi muera, que el adulto madure, y que lo que sea que resulte de mis letras, de mis medias voces o solemnidades tartamudas, sean escuchadas al menos por mi oreja derecha y aceptadas con el tono y naturalidad de mi respiro.
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